
La inteligencia artificial, los servicios en la nube y la criptoeconomía están transformando la forma de procesar información, prestar servicios digitales y gestionar transacciones. Aunque sus aplicaciones son diferentes, todas dependen de una infraestructura física que necesita electricidad para funcionar. Los modelos de IA se entrenan y ejecutan en servidores equipados con procesadores especializados; la computación en la nube permite utilizar recursos informáticos alojados en centros de datos remotos, y la minería de Bitcoin emplea equipos de cálculo para participar en el mecanismo de prueba de trabajo que mantiene la seguridad de su red.
Esta actividad digital tiene una repercusión energética que a menudo queda fuera de la experiencia cotidiana de los usuarios. Detrás de cada servicio intervienen servidores, redes de comunicaciones, sistemas de refrigeración y equipos de alimentación eléctrica que deben dimensionarse de acuerdo con las cargas que soportan. La expansión de la IA generativa está elevando especialmente las necesidades de cálculo, con aceleradores de alta potencia que concentran una demanda eléctrica considerable en espacios reducidos.
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