
Hay un ritual inconfundible que paraliza a toda España cuando la selección se juega el pase a una gran final: las convocatorias de última hora, los aperitivos listos en la mesa, las persianas a medio bajar porque el sol de la tarde aún se resiste a irse, y la clásica batalla por conseguir el mejor sitio del sofá. En estos momentos de máxima emoción, el salón deja de ser una estancia común para convertirse en una extensión del propio estadio.
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