
La inteligencia artificial permite crear imágenes, vídeos y audios falsos cada vez más realistas en cuestión de minutos. Lo que antes requería conocimientos técnicos avanzados ahora está al alcance de prácticamente cualquier usuario gracias a herramientas capaces de reproducir el rostro, la voz o los gestos de una persona. Sin embargo, esta tecnología también está facilitando nuevas formas de suplantación de identidad, acoso, extorsión y difusión de contenido íntimo sin consentimiento.
“Los deepfakes pueden utilizarse con fines humorísticos o creativos, pero también para perjudicar a las personas a las que representan. Desde vídeos que atribuyen declaraciones falsas a alguien hasta imágenes de desnudos que nunca existieron, las posibilidades de manipulación plantean importantes riesgos para la privacidad y la reputación”, señala Josep Albors, responsable de Investigación y Concienciación de ESET España. “Además, los menores de edad constituyen un colectivo especialmente vulnerable ante estas prácticas”.
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