
Los grandes ciberataques rara vez terminan cuando se apagan los equipos afectados. WannaCry, NotPetya, los ataques contra la red eléctrica ucraniana o el ransomware contra la sanidad irlandesa pusieron a prueba servicios esenciales, provocaron cambios en las estrategias de seguridad y transformaron la percepción del riesgo mucho más allá de sus víctimas inmediatas. También demostraron algo menos alentador: muchas de las debilidades que explotaron continúan entre las principales vías de entrada de los atacantes.
“Una década después, los ciberdelincuentes siguen aprovechando muchas de las mismas vulnerabilidades. El phishing continúa siendo la principal vía de intrusión en Europa y la explotación de agujeros de seguridad sigue facilitando numerosos ataques. A esto se suma un ransomware que, según nuestro último ESET Threat Report, no muestra signos de desaceleración”, señala Josep Albors, responsable de Investigación y Concienciación de ESET España. “El problema no es que desconozcamos cómo reducir estos riesgos, sino que seguimos sin aplicar de forma sistemática medidas básicas como corregir vulnerabilidades a tiempo, limitar los accesos o comprobar que los planes de recuperación funcionan realmente”,
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