
El nuevo Estatuto del Artista llega en un momento en el que el impacto de la inteligencia artificial sobre la creación ya ha dejado de ser una hipótesis. Una consulta de UNESCO a artistas y profesionales culturales españoles muestra que el 92,5 % considera que los modelos de IA representan una amenaza para quienes trabajan en el sector artístico y más de la mitad (54 %), afirma haber experimentado ya algún impacto negativo de esta tecnología sobre sus ingresos.
En este contexto, la aprobación del Real Decreto 607/2026 evidencia la dificultad de adaptar la regulación al ritmo al que avanza la inteligencia artificial. La norma sustituye el marco laboral vigente desde 1985 e incorpora avances relacionados con el trabajo de menores, la protección frente al acoso, las jornadas laborales y los derechos de propiedad intelectual, propia imagen y derechos digitales. Sin embargo, aunque remite al Reglamento europeo de Inteligencia Artificial, no establece un marco específico sobre el consentimiento, la remuneración o el uso de las obras de los artistas para entrenar modelos generativos.
El debate, por tanto, trasciende los derechos de autor y las condiciones laborales del sector cultural. La rápida incorporación de estas herramientas plantea una cuestión más amplia sobre qué capacidades y valores humanos deben preservarse en su desarrollo: desde la creatividad y la diversidad cultural hasta el aprendizaje, el pensamiento crítico, la autonomía personal y el acceso a información fiable. En este contexto, Triodos Bank comparte algunas de las principales conclusiones de su III Estudio de Conductas Sostenibles de la población española, que analiza cómo se está incorporando la inteligencia artificial a la vida cotidiana y cuáles son los riesgos que la ciudadanía asocia a su utilización:
- El 68,1 % de la población considera que la inteligencia artificial ya forma parte de su día a día. En concreto, un 25,6 % está totalmente de acuerdo con esta afirmación y un 42,5 %, algo de acuerdo.
- Esta rápida incorporación no se traduce todavía en una plena familiaridad con la tecnología. El 51,9 % afirma sentirse cómodo utilizando herramientas de IA, mientras que un 48,1 % manifiesta sentir poca o ninguna comodidad.
- La pérdida de habilidades de aprendizaje es el principal riesgo asociado a la inteligencia artificial, señalado por el 56,1 % de la población.
- Le siguen la dependencia tecnológica, mencionada por el 53,9 %, y el acceso de las personas menores a información incorrecta o sesgada, con un 48,7 %.
- El 43,6 % alerta sobre el impacto que estas herramientas pueden tener en el pensamiento crítico y un 42,1 % muestra preocupación por la exposición de datos personales.
- Las inquietudes educativas y sociales se sitúan por delante de las estrictamente laborales. La posible pérdida de empleo es señalada por el 33,7 % y el ciberbullying por el 25,8 %. Solo un 5,5 % considera que la inteligencia artificial no presenta riesgos relevantes.
- La familiaridad con estas herramientas varía significativamente en función del nivel educativo. El 60,5 % de las personas con estudios superiores se siente cómodo utilizando IA, frente al 30,9 % de quienes cuentan con estudios primarios o inferiores.
- La edad también influye en la confianza para utilizarla. La comodidad alcanza el 65,5 % entre las personas de 18 a 25 años y desciende hasta el 40,9 % entre las mayores de 65 años.
- La ciudadanía muestra asimismo una elevada sensibilidad ante la huella medioambiental de esta tecnología. El 79,2 % estaría dispuesto a limitar su uso si supiera que requiere un elevado consumo de energía y agua. De estas personas, un 44,3 % lo haría siempre y un 34,9 % en determinadas situaciones.
- Esta predisposición es mayor entre las mujeres, con un 82,4 %, frente al 75,8 % de los hombres, y alcanza el 85,9 % entre las personas de 56 a 65 años. Por el contrario, desciende hasta el 69,2 % entre la población de 18 a 25 años, precisamente el grupo que declara una mayor comodidad con el uso de la IA.
Los resultados reflejan una sociedad que incorpora rápidamente la inteligencia artificial, pero que no siempre dispone de los conocimientos, la confianza o las herramientas necesarias para utilizarla de manera crítica. El reto no pasa únicamente por regular su aplicación en ámbitos profesionales concretos, sino por avanzar hacia un uso responsable, con garantías y centrado en las personas, acompañado de formación y alfabetización digital que permitan aprovechar sus oportunidades sin debilitar el aprendizaje, la autonomía y el pensamiento crítico.