
Las gafas inteligentes todavía no forman parte del día a día de la mayoría de usuarios, pero la nueva generación de dispositivos conectados empieza a cambiar la percepción de una categoría que hace apenas unos años parecía condenada al fracaso. Tras el intento de Google de popularizar este formato hace más de una década, el mercado vuelve a moverse impulsado por modelos más discretos, diseños más cercanos a unas gafas convencionales y, sobre todo, por la integración de inteligencia artificial.
Las previsiones apuntan a que esta tecnología podría dejar de ser minoritaria en los próximos años. Según Omdia, el mercado de gafas con IA superará los 10 millones de unidades en 2026 y alcanzará los 35 millones en 2030. Otras estimaciones, como las de Citi Research, elevan la previsión hasta alrededor de 112 millones de envíos de gafas inteligentes para ese mismo año. Para ESET, compañía líder en ciberseguridad, este crecimiento obliga a abrir el debate antes de que estos dispositivos se normalicen en espacios públicos, oficinas, comercios o entornos de ocio.
El riesgo no es solo grabar, sino interpretar lo que se graba
La videovigilancia no es nueva. En muchas ciudades, cámaras de seguridad, comercios y sistemas de transporte registran espacios públicos o semipúblicos de forma habitual. La diferencia es que las gafas inteligentes trasladan esa capacidad de registro al usuario, la hacen móvil y la integran en un dispositivo difícil de distinguir de unas gafas normales. Aunque algunos modelos incorporan una luz LED para indicar que están grabando, esta señal puede pasar desapercibida, ser difícil de interpretar o incluso quedar tapada.
El problema se amplifica cuando la grabación se combina con IA. Investigadores de la Universidad de Harvard han demostrado cómo un vídeo capturado con gafas inteligentes y retransmitido a Instagram podía conectarse con sistemas capaces de identificar rostros y extraer información pública de internet sobre esas personas. En la práctica, un accesorio tecnológico puede convertirse en una herramienta portátil de vigilancia, con posibles usos abusivos por parte de acosadores, estafadores o ciberdelincuentes.
Este debate se ha intensificado también por el papel de las grandes plataformas tecnológicas. En el caso de Meta, por ejemplo, se apunta a funciones controvertidas como Name Tag, pensadas para facilitar la identificación de personas.
Principales riesgos para la privacidad y la seguridad
ESET advierte de que estos dispositivos pueden generar riesgos tanto para quienes los utilizan como para las personas que se encuentran cerca. Entre los escenarios más preocupantes destacan:
- Captura accidental o deliberada de PINs introducidos en cajeros automáticos o terminales de pago.
- Grabación de contraseñas tecleadas en un ordenador, un teléfono móvil o una tablet.
- Exposición de extractos bancarios, facturas, documentos personales o información corporativa visible en una pantalla o sobre una mesa.
- Uso de técnicas de “shoulder surfing” para observar de forma encubierta credenciales o datos sensibles en espacios públicos.
- Combinación de imágenes, reconocimiento facial y datos públicos para construir perfiles digitales de posibles víctimas.
- Riesgo de que grabaciones, transcripciones o interacciones acaben almacenadas en la nube, revisadas por terceros o utilizadas para mejorar modelos de IA, según las políticas de cada proveedor.
- Posible uso de la información captada para campañas de phishing, secuestro de cuentas, suplantación de identidad o creación fraudulenta de nuevos perfiles.
“La amenaza no depende únicamente de que el usuario de las gafas actúe de mala fe. Como cualquier dispositivo conectado, las gafas inteligentes también pueden ser atacadas”, señala Josep Albors, director de investigación y concienciación de ESET España. “Los ciberdelincuentes podrían explotar vulnerabilidades en el sistema operativo o el firmware, comprometer aplicaciones asociadas, interceptar tráfico mediante redes Wi-Fi maliciosas, distribuir códigos QR maliciosos o crear apps fraudulentas que imiten a las oficiales. Si el ataque tiene éxito, el dispositivo podría convertirse en una vía para el robo de datos, vigilancia no autorizada o acceso a cuentas vinculadas”.
Cómo reducir los riesgos antes de que se normalicen
Para ESET, el objetivo no es frenar la innovación, sino evitar que la adopción de una tecnología cada vez más discreta y conectada avance más rápido que la protección de la privacidad y la identidad digital. Por ello, la compañía recomienda:
- Mantén siempre actualizados el firmware, el sistema operativo y las aplicaciones vinculadas.
- Descarga únicamente apps complementarias desde fuentes oficiales y revisa los permisos solicitados.
- Activa la autenticación multifactor y utiliza contraseñas únicas y robustas en las cuentas asociadas.
- Protege el desbloqueo del dispositivo con un PIN fuerte o biometría y desactiva el modo de emparejamiento cuando no se utilice.
- Evita redes Wi-Fi públicas salvo que uses una VPN, ya que algunas pueden ser inseguras o puntos de acceso falsos.
- Revisa la configuración de privacidad y desactiva, siempre que sea posible, el uso de grabaciones para entrenamiento de IA o revisión humana.
- Guarda las gafas en una funda cuando no estén en uso para reducir capturas accidentales.
- Elimina periódicamente grabaciones innecesarias almacenadas en la aplicación complementaria.
- Extrema la precaución al introducir PINs, contraseñas o datos personales si hay personas con gafas inteligentes cerca.
Meta no es la única compañía que está apostando por esta categoría. Google, Apple, Amazon y diversos fabricantes asiáticos también trabajan o han mostrado interés en productos similares. Para ESET, el crecimiento previsto de las gafas inteligentes obliga a abrir el debate antes de que se conviertan en un accesorio habitual.