
Septiembre marca un punto de inflexión en el calendario, actuando casi como un segundo Año Nuevo. Tras semanas de merecido descanso, desconexión y horarios flexibles, la vuelta a la rutina suele ir acompañada de una lista de propósitos renovados: mejorar nuestros hábitos, cuidar la alimentación y, sobre todo, resetear nuestro bienestar físico y mental. Sin embargo, el choque abrupto con la realidad de los madrugones, las agendas repletas y las obligaciones laborales puede desencadenar el temido síndrome postvacacional. En este momento de transición, encontrar el equilibrio se vuelve fundamental para no abrumarnos y lograr que esos propósitos de autocuidado se mantengan a largo plazo.
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