
Durante décadas, las redes de telecomunicaciones han sido un ámbito exclusivo: complejas, centradas en el hardware, estrictamente reguladas y gestionadas únicamente por especialistas altamente cualificados. Cualquier ajuste, desde la priorización del ancho de banda hasta el enrutamiento, requería intervenciones manuales, un profundo conocimiento técnico y el control total por parte de los operadores de red. Este paradigma empieza ahora a desvanecerse.
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