
Hay algo reconfortante en abrir una nueva novela de John Grisham. Es como volver a esa cafetería de confianza donde el camarero ya sabe cómo te gusta el café: sabes que la narrativa será fluida, que el sistema judicial estadounidense será diseccionado con precisión quirúrgica y que, tarde o temprano, alguien con un traje barato se meterá en un lío monumental.
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