Hoy leemos… «La Chica del Lago», de Mikel Santiago

Hay autores que escriben historias y hay autores que diseñan laberintos. Mikel Santiago pertenece, por derecho propio, al segundo grupo. En su última incursión narrativa, La Chica del Lago, el autor vizcaíno vuelve a demostrar por qué es el referente indiscutible del thriller psicológico en castellano, entregándonos una pieza donde la nostalgia, el remordimiento y la metaliteratura se funden en las aguas gélidas de un escenario inolvidable.

El espejo de la ficción: Quintana Torres

La novela nos presenta a Quintana Torres, una escritora que ha alcanzado la cima del éxito precisamente con una obra titulada —en un juego de espejos magistral— La Chica del Lago. Sin embargo, la gloria literaria es un arma de doble filo. Quintana no solo escribió un superventas; escribió una herida.

El conflicto estalla cuando la realidad decide reclamar su autoría. Lo que en sus páginas era ficción inspirada en brumas del pasado, cobra una vigencia aterradora. Quintana se ve arrastrada al centro de la tormenta: la resolución del crimen que dio origen a su carrera. No es solo una investigación; es una confrontación directa con su propia identidad como narradora y como testigo.

Un crimen que se niega a morir

La estructura temporal de la novela es uno de sus pilares más sólidos. Santiago nos transporta a 1999, un año de finales de siglo, de promesas y, en este caso, de una tragedia que quedó sepultada bajo el silencio. Veintiséis años después, ese pasado emerge con la fuerza de lo que nunca fue debidamente sanado.

El regreso a los escenarios de aquel año no es un viaje solitario. La trama convoca de nuevo a los compañeros de 1999, aquel grupo de amigos que compartieron juventud y secretos. Es aquí donde la novela brilla especialmente:

  • La evolución de los personajes: ¿En qué nos convertimos después de un cuarto de siglo cargando con una sombra?
  • La desconfianza: El lector se convierte en un miembro más del grupo, sospechando de cada gesto, de cada silencio y de cada recuerdo convenientemente alterado por el tiempo.
  • La atmósfera: Mikel Santiago tiene la capacidad casi hipnótica de crear ambientes donde el entorno es un personaje más. El lago no es solo agua; es un guardián de secretos, un lugar donde la visibilidad es nula y el peligro acecha bajo la superficie.

Agilidad, ritmo y el arte del «cliffhanger»

Si algo define la escritura de Santiago es su agilidad de lectura. La novela está construida sobre la base de episodios cortos, diseñados quirúrgicamente para que el lector se diga a sí mismo «solo un capítulo más» hasta altas horas de la madrugada. No hay relleno; cada escena es una pieza del puzle, cada diálogo una pista o una distracción necesaria.

El ritmo es vertiginoso, apoyado en unos giros insospechados que desafían constantemente las teorías que vamos formulando. Cuando crees que has acorralado al culpable, el autor mueve el tablero con una elegancia que nunca resulta forzada, sino terriblemente lógica.

«En ‘La Chica del Lago’, Mikel Santiago no solo nos cuenta un crimen; nos obliga a preguntarnos si la verdad es algo que queremos descubrir o algo de lo que preferiríamos seguir huyendo.»

Un final para el recuerdo

Llegar a las últimas páginas de esta novela es una experiencia de alto voltaje. Sin desvelar nada que arruine la experiencia, podemos afirmar que el final es sorprendente. Es de esos cierres que te obligan a repasar mentalmente todo lo leído, dándote cuenta de que las pistas siempre estuvieron ahí, ocultas a plena vista tras la maestría narrativa del autor.

Mikel Santiago ha logrado con La Chica del Lago algo muy difícil: una novela que es, a la vez, un homenaje al género y una deconstrucción del proceso creativo de un escritor. Una lectura imprescindible para quienes buscan una trama inteligente, personajes con alma y, sobre todo, ese escalofrío que solo produce un misterio bien contado.

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